La familia Domínguez: la magia del pasado presente

 

Una muestra representativa del universo plástico de Benjamín Domínguez se exhibe por primera vez acompañada de 10 obras de sus hijas Naibí y Olinka, también pintoras. La exposición inaugurada el 30 de junio en Casa Redonda Museo Chihuahuense de Arte Contemporáneo (Colón y Escudero s/n, colonia Santo Niño, en Chihuahua) permanecerá abierta hasta el 23 de agosto.

 

Creador de un universo surrealista donde cohabitan ángeles barrocos, gitanas, magos, actores con vestuarios fastuosos, personajes de la mitología griega y máscaras, el artista plástico Benjamín Domínguez confiesa que tras 40 años de explorar la pintura necesita cambios en su interior, “incursionar en otros lenguajes y disciplinas no para alejarme de ella, sino para enriquecerla”.

 

Por esta razón, el también poeta y cuentista incorpora la fotografía y el cine a su trabajo creativo, como antes lo hizo con la literatura, el diseño de vestuario y joyería, presenta en su natal Chihuahua la primera exposición integral, “La familia Domínguez: la magia del pasado presente", en la que reúne 35 obras de pintura, fotografía y grabado de reciente factura.

 

“Estoy en un momento muy importante de mi carrera, de mi vida. Mi obra y mi lenguaje son identificados y reconocidos en México y Estados Unidos. He conquistado un mercado. Hay gente que colecciona mis cuadros. Pero creo que la búsqueda nunca debe parar, porque nutre el alma”, afirma.

 

El creador de 67 años aclara que su pasión por la interdisciplinariedad no es nueva. “La poesía del español Rafael Alberti y del uruguayo Mario Benedetti, así como el teatro y la iconografía virreinal, nutrieron mi pintura desde el principio. Pinto como escribo y viceversa. Son formas de decir lo mismo con lenguajes diferentes. No puedo separar la pintura de la literatura y el cine”.

 

El egresado de la Academia de San Carlos y beneficiario del Sistema Nacional de Creadores de Arte (Conaculta) en 1999 y 2002, agrega que si bien siente la misma libertad al ejercer estos lenguajes reconoce que “la pintura es lo que soy”. Incluso, añade, exploró durante 10 años el abstraccionismo y, tras encontrar “una gran soledad” en este lenguaje y sentir que ya no le representaba retos, cambió a lo figurativo.

 

“Pero más que la corriente me preocupa hacer un estudio interno del hombre. Esa ha sido mi búsqueda. Los ángeles barrocos son la base de mi pintura, porque, como Alberti en sus versos, busco sacar todo lo abyecto, lo malo, de estos seres alados”, señala.

 

El discípulo de Francisco Moreno Capdevila y Luis Nishizawa confiesa que, en sus cuadros, les da trabajo a los ángeles. “Son asesinos, violadores, bicicleteros, camarógrafos o fotógrafos de boda. No me preocupo de cambiarles el vestuario dorado, sólo la personalidad”, detalla.

 

Quien vive en la ciudad de México desde hace 47 años sigue recreando en sus pinturas el paisaje desértico de Jiménez, urbe que limita con la llamada Zona del Silencio y en donde vivió en su infancia y adolescencia aventuras que recuerda como mágicas. “Al final de mi calle comenzaba el desierto y ahí montaban sus carpas los gitanos y la gente de la feria. Por eso, todos estos seres pueblan mi obra”, concluye.