El museo mural Diego Rivera presenta una exposición que a primera vista parecería ajena a su esencia y objetivo, pues ¿qué tienen que hacer aquí, junto al “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” objetos y documentos de la época virreinal? ¿Por qué mezclar probanzas de limpieza de sangre y retratos de autos de fe con dibujos del pintor, recortes de periódico con declaraciones y objetos que pertenecieron a sus amigos?
Pero a su directora Carmen Gaitán Rojo se le ocurren ideas extrañas, como ésta, en la que convergen dos situaciones: una, la inacabable obsesión que tenemos los mexicanos con todo lo que tenga que ver con Diego, sea su pintura, su vida, sus amigos, sus posiciones políticas o Frida. Otra, el esfuerzo por pensar al país en los mismos términos en que hoy se están pensando las naciones que admiramos y queremos imitar, es decir, como diverso y multicultural.
Así que esta exposición inaugura una nueva doble mirada que nos permite fijarnos en algo que estaba allí pero que nos había pasado desapercibido: desde reconocer que son muchas las raíces que componen lo mexicano, hasta entender una nueva faceta de Diego.
Claro que ambas de manera problemática, pues por lo que se refiere a lo primero, no deja de llamar la atención el celo con el que los españoles se pusieron a aplicar los conceptos de pureza de sangre, de negativa a mezclarse con el otro y de esfuerzo por liquidar a lo diferente, cuando precisamente ellos se habían mestizado durante siglos con musulmanes y judíos y se estaban mezclando con los indios de las muchas etnias que habitaban en sus extensos dominios del otro lado de la mar Océano. Eso hace evidente que el ser humano está compuesto de contradicciones y que trata de ocultarlas y silenciarlas a toda costa, pero también que a pesar de inquisiciones y holocaustos los mestizajes son inevitables, como dice José Emilio Pacheco, por “el proceso irreprimible de la sexualidad” generada por el hecho mismo de la vecindad y convivencia.
Y por lo que se refiere a lo segundo, que es la judeidad de Rivera, no nos engañemos: Diego no fue judío, pues serlo (como ser cualquier cosa) es una aceptación o decisión que repercute en una forma de vida. Pensar que alguien es judío (o cualquier cosa) por “su sangre” sería aceptar el modelo de los racistas de todos los tiempos, que dividen la sangre en partes y cuentan cuántas de las que ellos consideran “buena” y cuántas de la “mala” circulan en los cuerpos de las personas para así determinar su religión, su nacionalidad o eso que llaman su “raza” y a partir de eso aceptarlos o rechazarlos.
Pero en el pasado de Diego hay abuelos judíos y eso, como lo muestra Alicia Gojman de Backal, él no sólo lo asume sino que es algo con lo que se siente vinculado. Se trata de un vínculo que no pasa por la fe ni por la educación o la vida familiar, sino por la historia. Que el artista inicie su mural con la figura de una condenada que se dirige al quemadero, le permite unir al pasado de México con el suyo propio, ya que ambos dan inicio con la conquista y colonización española -que incluye la inquisición- y con la llegada a América de judíos españoles y portugueses conversos porque los obligaron a ello, a los que persiguieron y castigaron si conservaban algo de su antiguo modo de ser.
Por eso la exposición puede reunir elementos aparentemente tan irreconciliables. Lo interesante es que fue Diego quien los juntó y desde hace más de medio siglo, pero nosotros apenas hoy lo vemos. No cabe duda que los horizontes de la significación e incluso los de lo posible se inscriben en el proceso social y que sólo percibimos lo que podemos percibir en cada momento histórico y mental. Ni tampoco cabe duda de que hay seres que se adelantan a su tiempo. Hoy, al contrario de ayer, lo que nos va en el alma es ver a México como ese territorio en el que según dijera Bernardo de Balbuena “se junta España con la China, Italia con Japón y finalmente un mundo entero en trato y disciplina”.
Bienvenida sea esta exposición que nos da oportunidad de descubrir más ramas en el tupido árbol riveriano y atrevernos a saber ciertas verdades que antes parecían inaceptables de uno de nuestros grandes creadores. Pero sobre todo, bienvenida sea por hacernos ver que si a Mariana de Carvajal la mandaron a la hoguera por ser diferente en una sociedad que quería la homogeneidad y le temía a la mezcla, hoy en cambio ya nos aseguran que lo mejor que existe es la diversidad y que viva la fusión.
Sara Sefchivich
