El objetivo de esta muestra es ofrecer al público un recorrido por las diferentes representaciones de la muerte en el pasar de los siglos XVI al XX, a partir de una selección de óleos, publicaciones y material gráfico que interactúan estéticamente.

Dividida en dos amplias secciones, “La Portentosa muerte” y “Recuerdos del porvenir”, además de un gabinete de “niños muertos”, la exposición presenta un conjunto de obras diversas que hacen evidentes ciertos arquetipos fúnebres en la historia del arte: la muerte solemne, la muerte jocosa, la muerte festiva, la muerte lúgubre...

Artistas como José Guadalupe Posada, Tomás Mondragón, Luis Monroy, Mariana Yampolsky, Alberto Gironella, Roberto Montenegro, entre otros, dedicaron en su quehacer plástico consideraciones técnicas y de composición a uno de los temas esenciales de la existencia humana.

La potentosa muerte

Las manifestaciones de la muerte en las artes han sido diversas a lo largo de nuestra historia y tradiciones. En la época virreinal —siglo XVI al siglo XVIII—, aparecen constantemente objetos que simbolizan el inaplazable devenir del tiempo y la fugacidad de la vida. Así, relojes de arena, flores, el hilo de la vida cortado por unas tijeras, una vela apagada, incluso, la aplastante calavera, son una alusión directa a la inesperada llegada de la muerte.


Del mismo modo, se emplean espejos, libros, monedas y joyas para referirse a la banalidad de los bienes acumulados sobre la tierra, entre los que se incluyen la distinción, la sabiduría y la belleza. También proliferan las escenas relacionadas con la perdurabilidad del alma después de la muerte, donde la carne se consume y ésta es disputada por ángeles y demonios, como se muestra en este primer apartado, en el que se sugiere una visión solemne y  reflexiva entorno a la muerte.

 

 







 

 






 

 











Recuerdos del porvenir







A principios del siglo XX, a cien años de la Independencia y a punto de estallar la Revolución, la muerte, que en su imagen conservaba implícita la calavera, dejó de ser una figura alegórica atemorizante para los grabadores de la época.

Por un lado, la idea de melancolía, no captada en las caricaturas políticas, fue plasmada por los pintores de finales del siglo XIX y principios del XX en óleos que no sólo representaban simbólicamente a la muerte, sino que mantenían un aura de temor, en la que la muerte abandonaba su representación como calavera festiva para invadir la atmósfera pictórica con un dolor legible en la paleta de tonos oscuros y fúnebres empleados por artistas como Saturnino Herrán, José María Jara, Roberto Montenegro o Luis Arenal.

Ya entrado el siglo XX, las imágenes esqueléticas fueron el pretexto para construir un discurso crítico que dejaba al descubierto la situación del país, mostrando, a la vez, con humor negro y sarcástico -dotado de un tinte lúgubre-, la desprotección del mexicano, más cercano a la muerte, a partir de imágenes crudas que evidenciaban su desolador porvenir. Así, la muerte, siempre agridulce, se acuño en las tradiciones mexicanas, y en su peculiar forma de representación.